Luis Eduardo Aute, el ángel canalla



MADRID, España

Hubo un tiempo en el que la gente compraba vinilos. No porque fuese una moda vintage sino porque era el único formato disponible (si exceptuamos los casetes). Entre mis singles de aquella época, para que se hagan una idea, está la banda sonora de Carros de Fuego, Family Man de Mike Oldfield, Los Chicos de Fama (sobre la serie de la escuela de música neoyorquina), Chicas de colegio de Mamá (canción que jamás intepretarán en Operación Triunfo, no vaya a darles un ictus a los millennials), Every breath you take de The Police y el single perfecto, de Luis Eduardo Aute, en el que la cara A y la cara B no competían sino que se complementaban a la perfección: la irónica Una de dos y la lírica Cine, cine.

En la primera canta Aute con voz gatuna: “Una de dos, o me llevo a esa mujer, o entre los tres nos organizamos, si puede ser”. Ahí está finamente representado todo lo que significaron los animosos, ingeniosos y joviales años 80s.

Era una época para nada puritana en la que a los borrachos y alcohólicos se les describía como “excelentes compañeros de la botella”. En “Cine, cine”, recitaba Aute con suavidad un detallado programa romántico-epistémico: “Pido perdón, por confundir el cine con la realidad (…) toda la vida es cine, y los sueños, sueños son”.

Junto a Sabina y Serrat, Luis Eduardo Aute formaba la Santísima Trinidad de los cantautores españoles que no confundían la poesía con los ripios ni el mensaje con el sermón político (no olvidemos a otros apóstoles como Hilario Camacho o Joan Bautista Humet). Hijo artístico de la canción de autor francesa, Brassens, Prévert y Brel, Aute componía sus canciones como después pintaría sus cuadros: fijándose más bien en el largo plazo de la posteridad que en el corto de los 40 principales. La primera canción que interpretó, Las hojas muertas de Prévert, iba a marcar tanto su estilo como el fondo de sus canciones, delicadamente románticas, suavemente nostálgicas

“¡Cuánto me gustaría que recordaras aquellos días felices, cuando éramos amigos!”

se transformó en Al alba, su canción más emblemática (que también sirvió, en la voz de Rosa León, de canción protesta contra el fusilamiento al final del franquismo de unos miembros de una organización terrorista)

“Presiento que, tras la noche, vendrá la noche más larga, quiero que no me abandones, amor mío, al alba”

Desde los años 60 en los que comenzó, Aute conformaba, como decía, junto a Sabina y Serrat, pero más a su bola artística, como interpretando el papel de Espíritu Santo, el triunvirato mayor de la música ligera española. Esa aura de ángel rebelde, nostálgico pero audaz, tímido a la vez aguerrido, llevó a que en 2000 se editase un álbum de homenaje a sus canciones por parte de Ana Belén, Duncan Dhu, Rosendo… que se llamaba muy acertadamente ¡Mira que eres canalla, Aute!

Pintor clásico de vanguardia (en su autobiografía fílmica, Aute retrato, reivindicó la libertad de ser uno mismo) y cineasta que realizó una película nominada a los Goya, Un perro llamado Dolor, Aute fue una de los artistas más completos y complejos de la moderna historia española y quizás el que mejor simbolizó la España democrática, moderna e innovadora. Él mismo elaboró lo que podría ser su epitafio en una canción que es un estremecedor réquiem, La mala muerte.

“Muerte gula eterna, te invito a mi comida

Muerte hambrienta esposa, mi carne esta servida

Muerte boca sucia, devórame bonita

Mala muerte tengas, ¡ay!…

ay muerte de mi vida.”

En la hora de su muerte, “ese día tan temido más allá del mar”, su vida ha pasado a ser de la materia de la que están hechas sus amadas películas, esos sueños donde uno puede pasear junto a James Dean y Antoine Doinel, tirando piedras contra una casa blanca, justo entonces cuando uno se vuelve para besar a Marilyn Monroe. (I)

Con información de https://www.libertaddigital.com/cultura/musica

Autor entrada: David Jaramillo

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