
Por Elio Roberto Ortega Icaza
Cada 12 de febrero, la historia recuerda el descubrimiento del río Amazonas, expedición que partió desde Quito en 1541 y que marcó uno de los hitos geográficos más importantes del continente.
Sin embargo, en la Amazonía ecuatoriana, esta conmemoración llega envuelta en una paradoja dolorosa: se celebra la grandeza de un río universal mientras se ignora el drama cotidiano de los pueblos que lo habitan.
La Amazonía, cuna de vida y reserva estratégica del planeta, enfrenta hoy un abandono sistemático del Estado. La minería ilegal ha contaminado ríos y esteros con mercurio y otros químicos letales. Comunidades indígenas y campesinas consumen aguas envenenadas, pescan en ríos muertos y siembran en suelos degradados. El daño ambiental no es una amenaza futura: es una tragedia presente.
A este escenario se suma la explotación petrolera irracional, ejecutada durante décadas sin controles efectivos ni reparación integral. En provincias como Sucumbíos y Orellana se registran alarmantes casos de cáncer, enfermedades dérmicas y respiratorias, mientras los pasivos ambientales siguen abiertos como heridas sin justicia. El oro negro enriqueció al país, pero dejó pobreza, enfermedad y contaminación en la Amazonía.
La exclusión también se expresa en el ámbito educativo. En pleno siglo XXI, la región amazónica carece de una universidad pública integral que forme profesionales comprometidos con su territorio.
Los jóvenes se ven obligados a migrar o abandonar sus estudios, perpetuando el círculo de desigualdad. No hay desarrollo posible sin educación pública, científica y con enfoque intercultural.
Las vías de acceso, como la Troncal Amazónica, se encuentran deterioradas, reflejo de la desidia institucional.
La Amazonía no solo es invocada en discursos oficiales o fechas históricas; es una región viva que exige políticas públicas reales, inversión social y protección efectiva de sus derechos colectivos.
Conmemorar el aniversario del río Amazonas debe ser un acto de conciencia nacional. No basta con recordar la historia; urge defender el presente y garantizar el futuro. La Amazonía no pide caridad: exige justicia ambiental, social y humana. Solo así, el aniversario del río más grande del mundo tendrá verdadero sentido. (O)
