
GUAYAQUIL, Guayas
Durante gran parte del siglo pasado, cuando las carreteras aún eran escasas, los ríos constituían las verdaderas vías de comunicación del litoral ecuatoriano.
Por ellos navegaban vapores y lanchas que enlazaban Guayaquil con haciendas, pueblos y puertos fluviales, transportando pasajeros, carga, correspondencia y esperanzas.
Entre aquellas embarcaciones sobresalía el vapor Chimborazo, cuya elegante silueta blanca era una presencia familiar en cada muelle. Mientras avanzaba serenamente por el río, su chimenea dejaba escapar pequeñas nubes de vapor que parecían anunciar su llegada.
En su cubierta viajaban comerciantes, familias, aventureros y trabajadores, compartiendo historias, noticias y anécdotas que recorrían el litoral antes de llegar a destino.

Al entrar al puerto de Guayaquil, el ambiente cobraba vida: estibadores, vendedores y curiosos recibían al vapor entre voces y movimiento. El Chimborazo era mucho más que un barco; representaba el vínculo entre comunidades separadas por los ríos.
Junto a él navegaron inolvidables embarcaciones como: Lautaro, San Vicente, Bola de Oro, Jambelí, Buenos Aires, Abdón Calderón, Envidia, entre otras construidas en sólida madera y propulsadas por vapor.
Hoy permanecen en la memoria colectiva como símbolos de una época en la que los ríos eran caminos vivos y los vapores, protagonistas silenciosos del progreso y la integración del Ecuador. (I)

