
Por Elio Ortega Icaza
Cada 31 de diciembre, el Ecuador entero se congrega alrededor del fuego para despedir al año que termina. Las hogueras que iluminan calles y barrios no son simples escenas festivas: en ellas arden los “Años Viejos”, monigotes que representan lo vivido, lo sufrido y aquello que la sociedad desea dejar atrás.
Esta práctica, profundamente arraigada en la cultura popular, es un acto simbólico donde confluyen historia, identidad, crítica social y anhelo de renovación.
El origen de la quema de los Años Viejos se remonta a finales del siglo XIX y comienzos del XX, especialmente tras la devastadora epidemia de fiebre amarilla que golpeó a Guayaquil en 1895. En aquel contexto, la incineración de ropas y pertenencias de los fallecidos fue una medida sanitaria para frenar los contagios.
Con el paso del tiempo, ese acto necesario se resignificó y dio lugar a un ritual colectivo: quemar lo viejo para purificar, cerrar ciclos y abrir la puerta a un nuevo comienzo.
Investigaciones del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) y los aportes de cronistas ecuatorianos sostienen esta raíz histórica. A lo largo del siglo XX, la tradición se expandió y adquirió nuevas dimensiones.
Los monigotes, antes elaborados con ropa usada y aserrín, pasaron a encarnar al “año” que se va y, posteriormente, a representar personajes públicos, políticos, deportistas y figuras de la cultura popular.
De esta manera, la quema del Año Viejo se convirtió también en un espacio de sátira y denuncia social, donde el pueblo expresa, entre risas y llamas, sus frustraciones, reclamos y esperanzas.
La celebración se enriquece con elementos complementarios como los “testamentos”, lecturas cargadas de humor e ironía que reparten herencias imaginarias, y los “viudos”, hombres disfrazados de mujeres que recorren las calles pidiendo “caridad”. Estas expresiones refuerzan el carácter comunitario, participativo y transgresor de la tradición.
En barrios y ciudades, familias enteras se involucran en la elaboración de los monigotes, fortaleciendo la memoria colectiva y la transmisión intergeneracional.
Más allá del espectáculo, la quema de los Años Viejos invita a una reflexión profunda. Es un rito de cierre y renacimiento: el fuego consume errores, dolores y desencantos, pero también ilumina la esperanza de un futuro distinto.
En un país diverso y resiliente como el Ecuador, esta tradición nos recuerda que la cultura popular no solo preserva la memoria, sino que transforma las adversidades en actos de conciencia, identidad y vida. (O)
