
Por Elio Ortega Icaza
Las sociedades no solo avanzan por la fuerza del progreso, sino por la solidez de su memoria. Cuando un pueblo olvida su historia, sus luchas y sus errores, queda expuesto a repetirlos.
La memoria colectiva no es un ejercicio nostálgico ni un simple repaso de fechas; es una herramienta ética que permite comprender el presente y orientar el futuro.
En la actualidad, la inmediatez de la información ha desplazado la reflexión profunda. Todo parece efímero: las noticias, las indignaciones y hasta los compromisos sociales. Sin embargo, hay hechos, valores y principios que no pueden ser tratados como contenido desechable. Recordar es un acto de responsabilidad ciudadana. Olvidar, muchas veces, es una forma silenciosa de complicidad.
La memoria cumple una función social esencial: da sentido a la identidad. Los pueblos que honran su pasado entienden mejor su presente y construyen con mayor claridad su porvenir.
No se trata de idealizar la historia, sino de asumirla con madurez, reconociendo aciertos y errores. Solo así se fortalecen la justicia, la democracia y la convivencia pacífica.
En el ámbito público, la falta de memoria debilita las instituciones. Cuando se normaliza el incumplimiento, la corrupción o el abuso de poder, es porque se ha perdido la referencia histórica del daño que estos males han causado.
La memoria actúa como un límite moral: recuerda que las acciones tienen consecuencias y que la impunidad erosiona la confianza social. En la vida cotidiana, la memoria también es un acto humano profundo.
Recordar a quienes lucharon, a quienes sembraron valores y a quienes pagaron un precio alto por defender principios, nos interpela como ciudadanos. Nos obliga a preguntarnos qué legado estamos dejando y qué historia estamos escribiendo con nuestras decisiones diarias.
Desde esta tribuna del pensamiento y la justicia, es necesario advertir que una sociedad sin memoria es una sociedad vulnerable. La memoria no divide; orienta. No ancla al pasado; da raíces al futuro. Cultivarla es una forma de resistencia ética frente al olvido conveniente y una apuesta firme por una sociedad más consciente, más justa y más humana. (O)
