
MSc. Elio Roberto Ortega Icaza
Durante la Semana Santa, el Ecuador revive una de sus tradiciones más representativas a través de la fanesca, un plato que encierra historia, simbolismo y un profundo sentido de identidad cultural.
Su presencia en las mesas no es casual: responde a una herencia que ha trascendido generaciones y que hoy se mantiene vigente tanto en hogares como en espacios gastronómicos.
La fanesca encuentra sus raíces en las prácticas agrícolas de los pueblos andinos, quienes celebraban las cosechas con la preparación de alimentos a base de granos tiernos.
Con la colonización española, esta costumbre se transformó al integrarse con elementos de la religión católica, incorporando el bacalao salado como parte esencial del plato, lo que consolidó su vínculo con la Semana Santa.
La riqueza de la fanesca radica en su diversidad de ingredientes. Se elabora con granos propios de la serranía ecuatoriana como habas, choclo, fréjol, arvejas y lentejas, combinados con zapallo, sambo, leche y queso. Esta mezcla no solo destaca por su sabor, sino también por su alto contenido nutricional, aportando proteínas, vitaminas y energía en una sola preparación.
En el ámbito familiar, la elaboración de la fanesca representa un acto de unión. Las amas de casa, guardianas de esta tradición, dedican tiempo y esmero a su preparación, transmitiendo conocimientos culinarios y valores culturales a las nuevas generaciones. Cada receta refleja una historia particular, pero todas conservan el mismo espíritu de compartir.
Por su parte, el sector gastronómico aprovecha esta temporada para ofrecer fanesca a nivel nacional. Restaurantes, mercados y emprendimientos la incluyen en sus menús, permitiendo que tanto locales como visitantes disfruten de este plato emblemático en distintas regiones del país.
La fanesca, más allá de su valor culinario, constituye una manifestación viva del patrimonio ecuatoriano, uniendo pasado y presente en cada cucharada. (O)

