
DHC. Elio Roberto Ortega Icaza.
Hay noticias que duran un día en los titulares y otras que permanecen durante años en la memoria de un país. La muerte de ocho jóvenes cuyos familiares los buscaban con desesperación pertenece a esta última categoría. No se trata únicamente de un hecho policial; es una tragedia humana que obliga a Ecuador a mirar de frente una realidad que ya no puede ignorarse.
Durante días, la esperanza sostuvo a padres, madres y hermanos que aguardaban noticias alentadoras. Como ocurre en cada desaparición, la incertidumbre se convirtió en una carga insoportable. Pero la confirmación del peor desenlace terminó por transformar la angustia en dolor y el dolor en indignación.
La sociedad ecuatoriana parece haberse acostumbrado a recibir noticias que hace apenas unos años habrían resultado impensables. Sin embargo, normalizar la violencia es uno de los mayores peligros que enfrenta una nación. Cada vida perdida representa una derrota colectiva; cada familia destruida es una señal de alarma que no debería pasar desapercibida.
Aún permanece fresco en la memoria nacional el caso de los cuatro niños de Las Malvinas, un episodio que conmocionó al país y que abrió profundas reflexiones sobre la protección de la vida y los derechos fundamentales. Hoy, una nueva tragedia vuelve a despertar las mismas preocupaciones y las mismas preguntas que todavía esperan respuestas.
En distintos rincones del Ecuador crece una sensación compartida: la inseguridad ya no distingue horarios, edades ni lugares.
El temor acompaña a muchas familias cuando sus hijos salen de casa, cuando emprenden un viaje o simplemente cuando realizan actividades cotidianas. Lo que antes era una excepción se percibe ahora como una amenaza constante.
Frente a esta realidad, el país necesita mucho más que estadísticas y discursos. La ciudadanía demanda resultados, acciones efectivas y una estrategia capaz de devolver la tranquilidad a las comunidades. La seguridad no es un privilegio; es un derecho fundamental que el Estado tiene la obligación de garantizar.
Mientras ocho familias enfrentan el peso de una pérdida irreparable, Ecuador entero debería preguntarse qué está dispuesto a hacer para impedir que el dolor vuelva a repetirse. Porque cuando el miedo se convierte en rutina, la sociedad corre el riesgo de perder algo tan valioso como la esperanza. (O)

