
Por Elio Ortega Icaza
Durante siglos, la humanidad vivió identificándose únicamente por un nombre. En comunidades pequeñas, donde todos se conocían, aquello bastaba. Pero el crecimiento de las poblaciones, el comercio, la administración de justicia y la organización del poder hicieron evidente una realidad incómoda: había demasiados Juanes, Pedros y Marías.
La confusión se volvió un problema social y jurídico. De esa necesidad práctica surgieron los apellidos. Fue entre los siglos XI y XV cuando, especialmente en Europa, comenzaron a consolidarse los apellidos como un mecanismo de identificación. No nacieron por vanidad ni por linaje, sino por orden.
Los Estados necesitaban saber a quién cobrar impuestos, la Iglesia a quién bautizaba o casaba, y los tribunales a quién juzgaban. El apellido se convirtió así en una herramienta esencial para la vida pública.
En sus primeras etapas, los apellidos no se heredaban. Eran simples referencias circunstanciales. Algunos identificaban a la persona por su padre, dando origen a los apellidos patronímicos como Martínez o González.
Otros aludían al lugar de origen, como Navarro o Toledo. También aparecieron apellidos relacionados con el oficio —Herrera, Molinero, Zapatero— o con características físicas y de carácter, como Moreno, Bravo o Delgado.
Con el paso del tiempo, estas denominaciones dejaron de ser temporales y se transmitieron de generación en generación.
En el mundo hispano, este proceso se afianzó gracias a la organización administrativa del Imperio español y al papel determinante de la Iglesia, que exigía registros precisos de nacimientos, matrimonios y defunciones. Así, el apellido adquirió valor legal y continuidad histórica.
En América Latina, los apellidos llegaron con la colonización, pero no permanecieron intactos. Se mezclaron con culturas indígenas, migraciones posteriores y nuevas realidades sociales, dando lugar a una identidad diversa y compleja.
Cada apellido comenzó a contar una historia distinta: de origen, de desplazamiento, de mestizaje. Hoy, más allá de su función administrativa, los apellidos son memoria. Guardan rastros de oficios antiguos, de pueblos lejanos y de antepasados anónimos. Son una prueba silenciosa de que la historia no solo se escribe en libros, sino también en los nombres que heredamos y llevamos todos los días. (O)
