
Por Betty Abad Mora, periodista
Dos años ya, y nada es igual, pero, paradójicamente, sigue intacto el hoyo que, al irse, abrió don Galo Martínez Merchán en decenas de corazones de profesionales y no profesionales del mundo editorial fuera y dentro de Granasa.
Hoy, en esa sala de sesiones de diario Expreso ya no se escucha esa brillante descarga de ideas innovadoras, propuestas ingeniosas o enfoques inteligentes, que surgían de la brillante mente de ese singular e impecable hombre de mirada azul.
Otros profesionales valientes e inteligentes han tomado la posta, y, con propios estilo y visión, guían esa querida «nave»… Eso es la vida…
Pero él ya no está, su esencia no vive más ahí. Es ahora historia y leyenda a la vez.
Y es que quienes lo conocimos de cerca sabemos que las nuevas formas de vida, de hacer periodismo abrazados a la tecnología, de mirar las realidades del país o de cabalgar en la política, no congeniaron con las suyas… Don Galo era un hombre fuera de serie, un director de lujo, que nos enorgulleció con sus apuestas editoriales.
Así, por la década de los 80, por ejemplo, el pequeño Expreso paseó por sus páginas de Opinión a las mejores plumas de la literatura latinoamericana como García Márquez, Mario Vargas Llosa y otros. Porque él amaba la cultura y respetaba el saber.
Cada uno de sus pasos, siempre fue en avanzada y cada día le llevó un desvelo por la excelencia. Por eso, quienes experimentamos el diario casi desde su fundación, sabemos que él intuía ya por esos días que la juventud necesitaba con urgencia espacios deportivos, y, en los primeros años de vida del Diario ideó la carrera EXPRESO, como homenaje a Guayaquil, una empresa en la que fue extraordinariamente acompañada por los periodistas del área deportiva, Carlos Fuentes, Manuel Mejía (+), Arístides Castro (+), Emilio Ruiz. Sin marketing ni recursos, se irguió como realidad su sueño, respaldado por todo el personal, porque todos éramos Expreso y la carrera era de todos.
En los hijos de Granasa de los 90, quedarán grabados con admiración y respeto el brillo de sus ojos y voz emocionada y vehemente al ver sentarse las bases del nuevo edificio, al presenciar la instalación de la moderna rotativa Goss Universal 70 o al planificar con gran esperanza un escenario deportivo para que los jóvenes estudiantes tuvieran un sitio gratuito donde practicar deportes.
Así nació el hoy desaparecido Coliseo Granasa. Porque él no solo amaba el periodismo, sino al país, a Guayaquil, a su gente.

Su sed de entregar a la comunidad un diario de calidad lo llevó a cruzar el Atlántico para traer a su amado Expreso a uno de los mejores profesionales españoles, José Ricardo Arques Álvarez. Marcó un hito, revolucionó el diario y nos hizo crecer… Así era él.
Sin haberse cerrado la herida que nos dejó el gran jefe, a sólo 20 días de recordarse el segundo aniversario de su muerte, el 30 de mayo, se abrió una nueva herida para gran parte de la familia Expreso. En Santander, España, en silencio, haciendo gala de la exquisita discreción que caracterizó su vida, se marchó ese otro gigante de los ex Granasa, Ricardo Arques, un gran maestro, como lo fueron en su momento también Jorge Vivanco Mendieta (+), Guarino Caicedo (+) y José Hernández; Edwin Ulloa, Juan Carlos Calderón; Rubén Montoya y algún otro que se le escapa a mi frágil memoria.
En ese enigmático «otro lado», quizá, ellos se habrán sentado ya a limar asperezas, fumar un cigarro, tomar un buen café y planear ese diario ideal con el que soñaron…
Sí, físicamente, se han ido de nuestras vidas estos dos seres extraordinarios, pero que nuestro mayor homenaje a sus memorias sea hacer y enseñar a las nuevas generaciones a hacer periodismo honesto, de calidad y comprometido solo con la verdad. Es una deuda de honor repartir ese legado que ellos nos dejaron. (I)

